domingo, 19 de mayo de 2013

La Razón de Todos



     “¿Es que no lo ves? ¿Cómo puedes decir eso? ¿No ves que yo tengo razón y tú estás en el error?” Este podría ser el resumen de la mayoría de nuestras diferencias y conflictos, con la pareja, con los hijos, con los amigos... en política, en religión, en la empresa, en el trabajo, en la familia… Porque cuando nos cegamos en nuestra razón, no nos damos cuenta de algo importante: que nosotros tampoco vemos, algo que aprendimos a lo largo de nuestro ciclo vital, en el que poco a poco pasamos de ver a no ver.
  Cuando somos niños aprendemos a interpretar el mundo y a nosotros mismos con lo que nos enseñan y transmiten. Admiramos a nuestros padres y profesores, nos dejamos influir por ellos, nuestro cerebro es plástico, y aprendemos. Y aprendemos, además, a una gran velocidad. Poco a poco, nuestro cerebro se va haciendo más rígido, menos plástico. Cada vez nos cuesta más aprender. El adolescente ya no admira ni a padres ni a profesores, necesita hacer el camino de identificarse con sus iguales, con su grupo de pares (de jóvenes de su misma edad), y se hace flexible con ellos, se deja influir por sus iguales, pero rechaza la influencia que viene de otros grupos de edad, de los mayores y, especialmente, de sus padres. El adolescente, además, cree que lo sabe todo, que son sus viejos los que claramente están equivocados. Nunca he sido tan sabio como en mi adolescencia, es una frase que dijo alguna vez alguien (no recuerdo quién), que puede resumir perfectamente esta actitud. 
  La vida continúa. Acabamos nuestra formación, empezamos a trabajar y quizá entremos de pleno en la Rueda de la Vida: quizá aceptamos todos los rituales de paso, casándonos y teniendo hijos… Ahora somos personas adultas, en la treintena, con pareja, casa, niños a los que estamos criando… pagamos la luz, el agua, el teléfono, hacemos inversiones, pagamos el alquiler o la hipoteca, buscamos los colegios adecuados para nuestros hijos, conducimos un coche, tenemos tarjetas y cuenta en el banco, tomamos decisiones. Ahí es cuando nos damos cuenta de que en la adolescencia no sabíamos nada, sonreímos con benevolencia al pensar en nuestro pasado, y pensamos que es ahora cuando sabemos de verdad. Desarrollamos una arrogancia y orgullo muy especial. “Ahora yo sé. Soy una persona adulta. Estoy tomando decisiones y resolviendo mi vida.” Seguimos separándonos de lo que nuestros padres hicieron y seguimos escuchando a los amigos y amigas del mismo grupo de edad, que viven experiencias similares y que también saben. (Este hacer las cosas de forma distinta que nuestros mayores es, además, una de las claves de la evolución. Si no fuera así, aún seguiríamos haciendo las cosas de la misma manera que nuestro “mayores” de la Prehistoria).
  Y entonces, nos acercamos a la cuarentena. Nuestros hijos han ido creciendo y nos están planteando problemas que no sabemos cómo solucionar. Algunos padres ven cómo sus hijos  no estudian, o responden con mala educación, sin lograr que adquieran hábitos saludables ni disciplina. Se quejan de que se pasan el día enganchados a las maquinitas, que ellos mismos les regalaron. Se quejan de tenerles que repetir las mismas cosas mil veces. Cuando llegan a la preadolescencia, aquel niño angelical da un portazo lleno de rabia que hace saltar la escayola de la pared. A nuestro grupo de iguales, nuestros amigos ya también en la cuarentena, les pasa parecido. Quizá no a todos, desde luego, pero sí a unos cuantos, en los que nos fijamos. Reflexionamos y vemos que nuestros padres no tuvieron con sus hijos problemas tan graves o, al menos, no nos dimos cuenta. Conocemos otros padres a los que no les ocurre eso y entonces pensamos que han tenido suerte. En general, achacaremos nuestros problemas a la mala suerte, a la mala fortuna en la lotería genética, seguiremos pensando que lo estamos haciendo bien. “¿O no? ¿Me he equivocado en algo? ¡Noooooo! Es la sociedad. Es la televisión. El origen de mi problema está ahí fuera”. 
  Entonces vemos que quizá hay también más cosas que se están resquebrajando en nuestra vida. Nos hemos ido distanciando de nuestra pareja, ya casi no hay romanticismo, ni pasión, ni cariño, tampoco respeto ni admiración. Cada uno llevamos nuestra vida con libertad. Somos una pareja moderna. “Es verdad que a veces discutimos por los niños… Si no tuviéramos niños seríamos muy felices. ¡Qué felices son las parejas que no tienen hijos! ¡Qué a gusto que viven!” O la otra queja: Si me volviera a enamorar otra vez, echo de menos esa emoción, esa pasión. Este tipo de vida que llevo es un asco. Esto no es vivir”. Y entonces empezamos a pensar que eso es así siempre, que todas las parejas se distancian. Incluso aunque no se separen. El amor dura unos años y muere. Sólo perdura el amor a los hijos. 
  ¿Son verdad estas afirmaciones? ¿Son generalizaciones a partir de experiencias particulares? Lo que nos dicen las estadísticas es que muchas parejas fracasan pero, desde luego, no todas. Es verdad que no todas las parejas que siguen juntas están felices, pero la mayoría de las parejas que funcionan mal terminan separándose. Hay parejas que funcionan, y que funcionan muy bien, que envejecen juntas y que se aman hasta el final, cada día más. Las cifras nos dicen que en EE.UU. pasados cuarenta años, el 67 % de las parejas que se casan se habrán divorciado. La mitad de estos divorcios habrán tenido lugar en los primeros siete años. Parece que la probabilidad de fracaso de las segundas parejas es todavía mayor, a pesar de que hay un dicho popular que afirma: la primera sirvienta, la segunda reina. En España dos de cada tres matrimonios acaban en divorcio. Los estudios demuestran que dos momentos críticos en la vida de una pareja suelen ser los primeros siete años, y luego otra vez a los 14-15 años de casados. 
  Así que, echando cuentas, más o menos en la temida cuarentena puede ser probable que se produzca una importante crisis en la vida. Muchas parejas se enfrentan con la separación, lo que significa mucho sufrimiento, el presente y el acumulado durante años de una mala convivencia. Los hijos, a los que se quiere tanto y que se tuvieron con tanta ilusión, sufren igualmente, y su educación, es muy probable que no esté resultando tan fácil como habíamos pensado. El trabajo puede que vaya bien… o puede que no. Puede, también, que con la crisis social y económica, la persona se encuentre en el paro, justamente en esa edad tan crítica. La salud, con tantos problemas, se resiente. Uno mismo o alguno de nuestros amigos puede sufrir problemas menores o mayores de salud. Hipertensión, colesterol, infartos, tumores... La tasa de mortalidad empieza a aumentar. Un chiste dice: Si a partir de los 40 años te despiertas y no te duele nada, tómate el pulso porque puedes estar muerto. (Afirmación que, dicho sea de paso, llevo comprobando más de una década que, al menos en mi caso, no es cierta). 
  Si la esperanza de vida es, en España, de 81 años, a los 40 estamos en la mitad de nuestra existencia. Mucha gente, de alguna manera, se plantea cómo es su vida. De la mitad vivida, de esos 40 años, algo más de los primeros 20 se han pasado entre infancia y estudios, “preparándonos para la vida”. Todavía quedan algo más de 20 años de trabajo. Y la persona que está en ese gozne se puede preguntar, ¿es esta la vida que quiero vivir? Porque luego viene la jubilación, la vejez, la retirada, la enfermedad, la muerte. Y entra pánico. Y no se quiere pensar en eso. No se quiere pensar en aquello que con toda seguridad vamos a vivir. Lo hacemos a un lado y seguimos adelante. O pensamos que es mejor cambiar de vida, de pareja o de trabajo. Para obtener, muy probablemente, los mismos resultados, porque no nos dimos cuenta de que si no cambiábamos nosotros, nada cambiaba. 
  ¿Qué he hecho con mi vida hasta ahora? ¿Soy feliz? Y si no soy feliz, ¿tomé las decisiones adecuadas? ¿O tomé las decisiones externas adecuadas, pero no me cuidé de tomar la decisión de cuidarme y cultivarme por dentro? Atendiendo a las estadísticas parece que mucha gente no es feliz. Matrimonios fracasados (dos de cada tres), hijos con problemas, trabajo quizá no del todo satisfactorio… Y ahí la persona puede optar por dos planteamientos: 1) preguntarse ¿En qué me he equivocado? ¿Qué puedo aprender de estas experiencias?; o, 2) Claramente, la vida es injusta, mi pareja es injusta, he tenido mala suerte con mis hijos. Yo lo he hecho bien. Ha sido la mala suerte y las otras personas las que me están causando todo este sufrimiento. Los que optan por el primer planteamiento, los que se preguntan, buscan, leen o, quizá, acudan a un psicólogo o se trabajen interiormente de alguna forma. Los que optan por la segunda opción se llenan de amargura y resentimiento, es una opción que hace perder el control, porque no hay nada que aprender, no hay nada que uno pueda hacer para cambiar la vida, el destino o el futuro. 
  Cuando afirmamos que la vida es injusta, indicamos que seguimos pensando que tenemos razón, que estamos en lo cierto, que los demás están claramente equivocados. Incluso en la esfera social, es frecuente afirmar que nuestra cultura es la mejor, que no se vive en ningún lugar como en nuestro país (lo cual, literalmente, es cierto para cualquier sitio), que nuestra religión o nuestra creencia es la verdadera. 
  Cada uno de los 7.000 millones de habitantes del planeta pensamos que estamos en lo cierto, estamos convencidos de que hacemos las cosas de la mejor forma, de la correcta. Si no fuera así, estaríamos haciendo las cosas de otra forma. Y cuando pensamos que no lo hacemos correctamente, entonces es porque hemos decidido que no podemos cambiar (porque es una adicción muy fuerte, porque le quiero, porque yo soy así, porque es mi genética, porque nadie cambia…), o que nuestras prioridades son otras. Por ejemplo, yo reconozco que mi despacho está siempre “algo” desordenado. Sin embargo, aunque yo reconozco que mi despacho podría estar mejor ordenado, mi prioridad, claramente, no es esa. Si tengo una hora libre, prefiero estudiar, leer, o escribir, que ponerme a limpiar y ordenar. De hecho, mientras escribo esto, al lado del ordenador tengo la funda de las gafas que llevo puestas, abierta; otra funda también abierta, con otras gafas dentro; la agenda, el iPad, el reloj de pulsera que me he quitado porque me molestaba, y un bolígrafo que usé hace un momento y no he vuelto a poner en su bote. Así que simplemente, mantengo un orden “básico”, como me dijo un día uno de mis clientes: “mantener el suficiente orden para que te sea cómodo vivir, pero no tanto como para ser esclavo del orden”. Está claro que yo creo tener razón. Me gustó esa frase y vivo con ella. Es más he encontrado esta otra, atribuida a Einstein, un poco más irónica: “Si un escritorio abarrotado es señal de una mente abarrotada, ¿De qué, entonces, es signo un escritorio vacío?”. De hecho, cuando se ve el despacho o el escritorio de un intelectual o de un científico, nunca estarán “ordenados”. Los libros se acumularán en las estanterías incluso en posición horizontal y en doble fila; la mesa llena de papeles, revistas científicas, documentos, esquemas, lápices y bolígrafos y en el medio un portátil. Si alguien me dice que soy desordenada, yo utilizo todos esos argumentos para defender mi punto de vista, mis prioridades. Seguiré pensando que, al menos para mí, mi orden de prioridades es el correcto.
  Así que somos 7.000 millones de personas en el planeta, todos pensando que tenemos razón. ¡No es de extrañar que haya conflictos y guerras! Y ahí podemos adoptar, también, dos posturas: 1) pensar: cómo es posible que no se den cuenta los otros 6.999 millones de personas que soy yo la que está en lo cierto, construyendo 6.999 millones de barreras que me separan del resto de seres humanos, que me separan del resto del mundo; o, 2) reconocer que quizá yo no esté en lo cierto en todo, que quizá mi punto de vista es, simplemente eso, un punto de vista, un fragmento de la realidad. 
  Y es ahí, cuando el sufrimiento causado por los errores nos golpea, una y otra vez, justo en ese punto crítico en que el suelo se abre bajo nuestros pies y observamos con terror debajo de nosotros el abismo de la incertidumbre, pensamos que nos hemos podido equivocar, descubrimos otras opciones que no habíamos visto, aceptamos que la posición que habíamos mantenido no era, quizá, la correcta. Y es entonces cuando empiezan a ocurrir en nuestra vida y en nuestro cerebro cosas realmente interesantes. Al abrir nuestra mente a otras posibilidades, como el objetivo de una cámara que abrimos para captar mejor la escasa luz, nuestro cerebro empieza a ser plástico, flexible, otra vez, y empieza a poder cambiar y aprender. El cerebro siempre puede aprender, siempre puede generar nuevas neuronas… 
  Pero esto tan interesante, la apertura mental, vamos a tratarlo en otra entrada. En la próxima. 
  ¿He sido muy pesimista? Sólo observo qué veo en mi consulta y qué muestran las estadísticas. Pero lo que también observo y veo y compruebo constantemente es que el cambio es posible, que es posible vivir una vida plena y feliz. 
  Ahora, voy a recoger las fundas de mis gafas, mi reloj y mi bolígrafo. Voy a guardar el iPad en su funda y a cerrar el ordenador. Hasta nuestra próxima cita. 

jueves, 16 de mayo de 2013

La Gota y el Océano



A veces algo poético puede despertar un poco. De mi lado más explorador y menos aferrado a cómo parecen ser las cosas ha surgido esto. Lo he convertido en un pequeño vídeo presentación de mi Canal de YouTube. Aquí tenéis el texto y el vídeo: 

He bajado al valle y subido a la montaña. 
He caminado a oscuras en la noche, 
He avanzado a trompicones bajo la cegadora luz del sol. 
He tallado la piedra para cazar, he penetrado los secretos del átomo.
He sido niño, he sido anciano. 
He sido madre, he sido padre.
He sido hombre, he sido mujer.
He sido monje, he sido guerrero. 
He sido astuto como el zorro, ágil como el gato, traidor como la hiena, egoísta como el buitre, fiel como el perro.
He conocido el odio, el resentimiento, la culpa, la vergüenza, el dolor, la crueldad que he ejercido y la que he sufrido, y el miedo que aferra, que inmoviliza las manos y las piernas y te clava en el camino. 
He conocido, también, el amor, la amistad, el sacrificio, el agradecimiento, la generosidad, el heroísmo, he recibido ayuda y la he dado. He llorado con el dolor de otros, y otros han llorado con el mío. Y cuando todo parecía imposible he encontrado una fuerza que me ha liberado del miedo y me ha permitido ir más allá de donde creí que estaba permitido. 
He buscado la respuesta en Dios, en el Universo, en la Ciencia, en la molécula-medicina que calmara mi mente y me diera equilibrio y Felicidad. 
He recorrido todos los caminos, del planeta y del Universo, buscando esa respuesta. 
Ahora, he vuelto a casa, a mi casa, a mi hogar… a mi interior, a mi corazón y mi mente.
Allí he encontrado un espacio vacío y oscuro. He sentido miedo y no me he atrevido a avanzar. Pero he sentido también curiosidad, me he preguntado qué era ese vacío, he penetrado en él y me he quedado allí en silencio. Noté cómo las fronteras que me delimitan y me definen desaparecían y mi yo se disolvía. Y era Todo. Y entonces ha surgido una nueva sensación, una nueva emoción que nunca antes había experimentado con tal intensidad: la paz, el Amor y la seguridad absoluta y sin límites.
Ahora, quiero vivir en esa serenidad, quiero liberarme del mordisco salvaje de las emociones primitivas. Quiero vivir con calma, felicidad, amor y plenitud. 
Quiero romper las barreras y las fronteras de mi piel y mi mente que me separan de lo que sientes tú, de lo que eres tú, del animal, de la planta y de la piedra. 
Dejar de ser Yo, dejar de ser gota. 
Ser Océano.


lunes, 8 de abril de 2013

La Mente Enmarañada



     Dos mujeres entran en el vestuario del gimnasio charlando animadamente. Una de ellas muy alta, muy morena, muy delgada, explica con gestos un poco rígidos y bruscos que ella no soporta los masajes, que se pone muy nerviosa. “Mira que este fisio es de los naturistas, te pone música relajante y pone velitas, y te da un masaje que a otra gente la relaja un montón… Pues, nada, yo me pongo super nerviosa. No lo soporto. Y es que empiezo a pensar en los niños, lo que tengo que hacer, mis preocupaciones, y esto y lo otro, y me pongo atacada, no soporto estar ahí quieta.” 
     Muchos maestros orientales cuando vienen a enseñar Meditación a Occidente explican que encuentran la mente occidental muy llena de ‘objetos’ de obstáculos: que pensamos muchas cosas, muy rápido, muy caóticamente, sin ningún control. Es lo que yo llamo la mente enmarañada (greñúa, dirían en Andalucía). Tenemos una mente tan caótica, tan desordenada, tan enmarañada, que por ella cuesta pasar el ‘peine’ del Mindfulness. Para mucha gente, entonces, será imposible empezar a hacer una meditación, centrar su mente, durante treinta, ni siquiera quince, ni diez minutos. Necesitarán hacer, varias veces al día, sesiones muy cortas, muy breves, que duren apenas dos o tres minutos. Aunque parezca mentira, mantener esa práctica durante las primeras semanas, tendrá un efecto muy potente. Yo a veces recomiendo hacer una Pausa Mindfulness, de dos o tres minutos, cada hora o dos horas. Como mínimo tres veces al día. Pero si se puede practicar cada hora o dos horas, el resultado es mucho mayor. 
     Es más, para muchas personas observar sin alterarse cómo está el estado de su propia mente será, en un principio, un poco aterrador. Así que el primero objetivo será estabilizar la mente, calmarla lo suficiente como para poder “observar” con una mínima quietud y serenidad. 
     Voy a utilizar una metáfora que se suele utilizar en el Mindfulness y que tomo prestada de Jon Kabat-Zinn (Mindfulness for Beginners). Imaginemos que tenemos un telescopio y que queremos observar la luna. Pero que colocamos nuestro telescopio sobre un colchón de agua. Por muy quietos que intentemos estar, será imposible observar con claridad. Apenas veremos una mancha redonda y brillante moverse continuamente delante de nuestra vista. Un resultado mareante. Sin embargo, si estabilizamos nuestro telescopio sobre suelo firme, si lo enfocamos, podremos observar una imagen de la luna clara y nítida, estable y quieta. 

    Eso es lo que hacemos con la práctica del Mindfulness, estabilizar nuestra mente. Una vez que está mínimamente estable, podremos observar, ya no sólo nuestra respiración o nuestro cuerpo, si no que podremos observar el estado de nuestra propia mente, de cómo surgen los pensamientos, dejándolos marchar, sin encadenarlos con otros pensamientos, emociones, o imágenes. Sin enganchar más ‘vagones al tren de los pensamientos’ (ver: http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2013/02/obsesiones-el-tren-interminable.html). 
     Porque una cosa que hay que tener clara: es que los pensamientos, la actividad mental va a seguir surgiendo, siempre, en nuestra mente. Pensamientos entretejidos con emociones e imágenes. Eso no lo podemos impedir. Lo que sí podemos hacer es volver a centrar nuestra mente, otra vez... y otra vez... y otra vez, en el objeto en el que nos estemos centrando, nuestra respiración, nuestro cuerpo, una imagen física o mental, la patata que estamos pelando, la comida que estamos comiendo, la sensación de nuestros pies al caminar, la sensación del agua y el jabón en la ducha o en nuestras manos… Donde hayamos decidido que queremos centrar nuestra atención y nuestra conciencia.
     Igual que nuestro telescopio o cámara, una vez estabilizado obtiene una imagen objetiva y nítida de la luna, con nuestra mente suficientemente estabilizada podremos empezar a tener esa misma cualidad fundamental: objetividad. Aprender a ver y aceptar las cosas como son, no como desearíamos o tememos que sean. Deseo y Miedo, dos grandes obstáculos para nuestro equilibrio. Aprender que nuestras emociones son, muy a menudo, como la cama de agua, que desestabiliza la mente y tiñe nuestra racionalidad, impidiéndonos ser objetivos y ver las cosas, el mundo, las personas, y nosotros mismos, tal y como somos. Impidiéndonos aceptar la realidad, porque no la vemos. 
     Y cuando empezamos a “ver”, después del pequeño choque inicial, podremos aprender a aceptar y amar las cosas como son, sin autoengaños, sin espejismos, sin mentiras. Y esa “verdad” nos hará libres y podremos tumbarnos en la consulta del fisio, con las velas y la música, y disfrutar de ese masaje relajante, estando plenamente en nuestro cuerpo, y dejando nuestra mente tranquila, quieta y serena. 


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lunes, 1 de abril de 2013

Todo Prestado



     Vivimos con la falsa sensación de seguridad de que todo lo que poseemos es realmente nuestro. Nuestra casa, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra familia, nuestro trabajo, incluso nuestro cuerpo. Los pronombres posesivos y los personales llenan nuestra identidad: “yo”, “mí”, “mío”, “conmigo”. En los países occidentales, cuya población es sólo un pequeño porcentaje de la población mundial, crecemos con la falsa sensación de que mañana voy a estar aquí, voy a tener la misma familia, la misma casa, la misma pareja, la misma salud. Normalmente, la verdad, esta idea de continuidad va a ser una predicción certera. Mañana será como hoy. Hoy ha sido como ayer. Una continuidad en la que suavemente ocurren cambios y damos curvas en el camino. 
     Sin embargo, no siempre es así. A veces las crisis, personales o globales, vienen a golpear nuestra vida, para despertarnos con un buen sacudón. Mañana podemos estar enfermos, mañana nuestra pareja nos puede abandonar, o somos nosotros los que lo haremos, mañana podemos no tener trabajo, o casa, mañana la muerte puede visitar nuestro hogar, o a nosotros mismos. Pero también, mañana podemos conocer a alguien maravilloso que dé un nuevo rumbo a nuestra vida; mañana podemos tener un golpe de suerte; mañana puede ocurrir algo extraordinario que nos haga sentirnos intensamente plenos; mañana nos puede tocar la lotería. 
     De igual forma que no tendría mucho sentido hacer planes para el mañana con una lotería que aún no nos ha tocado, de igual manera, vivir con una constante sensación de inseguridad y peligro no tendría tampoco sentido y generaría una ansiedad insoportable. Como siempre, todo es cuestión de equilibrio. 
     Tener esa sensación de inseguridad constante, maximizar la probabilidad del peligro nos producirá una ansiedad, una sensación de riesgo inminente, que al alargarse en el tiempo, producirá una ansiedad y estrés prácticamente inaguantable. No podemos vivir con un tigre en la casa de nuestra mente todo el tiempo. Una de dos: o domamos el tigre, y nos damos cuenta de que es un gato, o el tigre se tiene que ir de nuestra casa. 
     Sin embargo, vivir con la falsa sensación de que todo va a seguir siempre igual, y de que todo nos es debido, es causa, igualmente, de infinidad de problemas emocionales, especialmente aquellos que tienen que ver con la rabia, la irritabilidad y el resentimiento. ¿Por qué estas emociones? Porque cuando sentimos que la vida o el azar nos “quita” algo que consideramos “nuestro” nos enfadamos, lo consideramos injusto, y ante la injusticia sentimos resentimiento. Un dicho común es afirmar “la vida es injusta”, como si la Vida pudiera ser una persona, un ser concreto que caprichosamente reparte sus favores o disfavores. La vida no es ni justa, ni injusta. La vida ES. Somos nosotros los que podemos ser injustos. Pero la vida simplemente ES. La VIDA no es un ser, una personificación o deificación que piense en nosotros. Pensemos en algo: nosotros poseemos una flora bacteriana en nuestro intestino, y nos interesa que esté en equilibrio y funcione bien, pero no nos interesa la vida de cada una de las bacterias de nuestra flora intestinal. De igual manera que la flora intestinal habita nuestro intestino, nosotros habitamos este planeta. Nuestros cuerpos albergan la VIDA durante un tiempo. Pero la vida ES, independientemente de que cada uno de nosotros, individualmente, exista o no exista, le vaya bien o no le vaya bien. Así que, si la vida no es injusta, ¿Contra quién enfadarse?  ¿Contra quién sentir este resentimiento? ¿Quién ha sido injusto con nosotros? Sólo una falsa personificación de la Vida, nos hace caer en el error de injusticias percibidas. 
     No demos nada por sentado. Nada es nuestro, todo es prestado. Incluso nuestro cuerpo que abandonaremos, también, algún día. 
     En este mundo en el que tenemos la suerte de tener tantas cosas, terminamos por olvidarnos de sentir y expresar agradecimiento, amor y compasión. Por nosotros mismos y por los demás. Para algunas personas, llenas de rabia, irritabilidad y emociones negativas relacionadas, como el odio, la envidia, o el resentimiento, sentir esas emociones positivas será sumamente difícil. Un primer paso será empezar por uno mismo. 
     Pensemos un poco. Sin necesidad de juzgarnos, ni criticarnos, sólo observando con objetividad: 
     ¿Cuánto tiempo al día dedicamos a albergar pensamientos y emociones negativas? ¿Cuánto tiempo pasamos criticando, enjuiciando, estando enfadados e irritables? ¿Cuánto tiempo pasamos viendo programas televisivos en los que se critica a personas cuya vida, en realidad, no nos interesa, porque no los conocemos personalmente? ¿Cuántos bulos que corren por internet o en las redes sociales hemos divulgado, hemos dado a reenviar, hemos compartido, creyéndolos nada más leerlos y sin haber dedicado cinco minutos a hacer una mínima comprobación? 
     ¿Cuánto tiempo al día dedicamos a albergar pensamientos y emociones positivas? ¿Cuánto tiempo pasamos dando gracias, pidiendo por favor, saludando con sinceridad y buenos deseos? ¿Cuánto tiempo dedicamos a desear a otras personas que estén bien, que sean felices, que no tengan problemas? ¿Cuánto tiempo dedicamos a escuchar de verdad, sin cerrar la puerta de nuestro corazón diciendo o pensando “eso es una tontería”? ¿Cuánto tiempo dedicamos a ver películas o programas que nos dejen un poso de buenos sentimientos y pensamientos? ¿Cuánto tiempo dedicamos a defender a una persona que ha sido atacada o criticada injustamente? ¿Cuántas veces, al escuchar una crítica nos planteamos, como mínimo, si está justificada o no? ¿Cuántas veces decimos gracias al día? ¿Y cuántas veces, al decir gracias, lo sentimos de verdad?
     Un símil budista compara la mente con una vasija. Igual que la vasija gota a gota se llena de agua limpia o de agua envenenada, de igual forma, nuestra mente, gota a gota, se llena de pensamientos y emociones positivas, felices y constructivas, o de emociones y pensamientos envenenados y destructivos. 
     ¿De qué quieres, tú, llenar la vasija de tu mente? 
     Es seguro que quieres ser feliz. No creo que haya nadie que no quiera ser feliz, que se levante por la mañana planeando qué infelicidades se va a aplicar a sí mismo ese día. Todos queremos ser felices. Sin embargo, los pensamientos negativos, el miedo, la rabia, o el resentimiento, son obstáculos muy serios para la felicidad. ¿Quieres ser feliz? Empieza practicando este ejercicio de Mindfulness que adjunto en esta entrada. Continúa cuidando tus palabras, tus pensamientos, tus lecturas, tus programas de televisión. Intenta, poco a poco, gota a gota, minuto a minuto, llenar tu mente de pensamientos y emociones constructivas y positivas. 
     No, no temas. No te convertirás en un mojigato o mojigata. No te transformarás en un alma cándida al que todo el mundo engañe. Serás una persona más plena, más completa, más feliz. Igual que tomar veneno todos los días no hará más fuerte tu cuerpo, tomar veneno mental todos los días, no hace más fuerte tu mente. La debilita, la envenena, la destruye. Si quieres una mente fuerte, serena y feliz, cuida el alimento que le das. 
     Empieza por agradecer todos los días, al menos siempre que puedas, o siempre que hagas este ejercicio, esas pequeñas cosas de la vida que consideramos “nuestras”. Piensa durante un tiempo en ellas como si fueran prestadas. Y ante un préstamo tan generoso, di con todo tu corazón: “Gracias”. No, la VIDA no va a parar su recorrido para escucharte. Es verdad. Es tu corazón el que escucha. Tal y como afirma el investigador Martin Seligman, la gratitud es una de las características que más contribuye a la Felicidad. ¿Quieres probarlo?

     “La gratitud es una herramienta poderosa para aumentar la satisfacción en la vida.” (Martin Seligman). 
     “La gratitud abre la puerta al poder, la sabiduría y la creatividad del universo. Abres la puerta por medio de la gratitud”. (Deepak Chopra). 
     “Cuando practicas gratitud, hay un sentido de respeto hacia los otros”. (Dalai Lama).
     “El milagro de la gratitud es que cambia tu percepción, de tal forma, que cambia cómo ves el mundo”. Dr. Robert Holden.
     “La gratitud es el ingrediente más importante para vivir una vida de éxito y realización”. Jack Canfield.
     “Demostrar agradecimiento es una de las cosas más simples, pero más poderosas que una persona puede hacer por otra”. (Randy Pausch).
     “Sean cuales sean nuestros problemas y desafíos, es importante pararse de vez en cuando, para apreciar lo que tenemos, en todos los niveles”. (Shakti Gawain).
  “Gracias por la suerte tan enorme que tengo. Soy mujer y he nacido en esa pequeña parte del mundo donde ser mujer está bien y eres tratada con justicia y equidad. Y, además, en esa pequeña parte del mundo, he nacido en el momento histórico en que las mujeres ya habíamos conquistado libertades y derechos, y en el seno de una familia que los respetaba y apreciaba. He estudiado, trabajo en lo que me gusta, y nadie, nunca, puso límites a mis sueños... sólo yo misma con mis miedos. Cuando con 17 años me matriculé en la Facultad, una chica lloraba delante de mí porque sus padres no le permitían estudiar una carrera universitaria. En aquellos tiempos eso ocurría. Sin embargo, mis padres me educaron insistiendo en que yo, como mujer, podía conseguir todo lo que me propusiera, igual que un hombre, nunca me dijeron, ‘no puedes estudiar eso, no puedes hacer eso, porque eres mujer’. No he visto mi camino limitado ni frenado por el hecho de ser mujer, porque las personas que me quieren y están a mi lado, les da igual mi género, me aprecian y quieren por lo que soy. Tengo una suerte enorme que deseo que tengan todas las mujeres del planeta, la mayoría de ellas no tan afortunadas. Cada mañana cuando me levanto y soy consciente de este enorme privilegio sólo puedo decir: Gracias, Gracias, Gracias.” Yolanda Calvo.
     “Cada día, piensa al levantarte, ‘hoy he sido suficientemente afortunado y me he levantado, estoy vivo, tengo una vida preciosa, no voy a malgastarla. Voy a utilizar todas mis energías para desarrollarme, para expandir mi corazón hacia los otros, para alcanzar iluminación para el beneficio de todos los seres, voy a tener pensamientos amables hacia los demás, no me voy a enfadar ni pensar mal de otros, voy a beneficiar a los demás todo lo que pueda.’” (Oración del Dalai Lama).

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sábado, 23 de febrero de 2013

Premio Versatil Blogger




     Ayer me encontré con la agradable sorpresa de que mi compañera bloggera, Montse García, me otorgaba este premio a mi blog. Muchas gracias Montse, por tu amabilidad y tu interés. Montse tiene un blog muy interesante que recomiendo: 


     Parece que tengo que contar algo de mí misma. Soy consciente de la poca información que doy de mí en el perfil, y es algo que va a seguir estando así, pero como parece que hay que contar algo, os doy algo más de información:
     Como ya sabéis soy Psicóloga. Me encanta mi trabajo y mi profesión y todos los días, en algún momento, doy gracias por la suerte tan grande que tengo por trabajar en algo que me gusta tanto. Bueno, también doy gracias por ser mujer en el siglo XX-XXI en un país occidental y de no haber sufrido la marginación por el hecho de ser mujer, tengo la suerte de pertenecer a una minoría muy, muy privilegiada. 
     Tengo un campo de intereses muy amplio, a veces me pregunto si demasiado amplio, pero como los disfruto todos, no tengo intención de renunciar a ninguno: la fotografía, pintar, hacer crochet, viajar, viajar en mi autocaravana, leer, el cine… 

     Otra de las instrucciones al recibir el premio es compartirlo con  otros blogs, y los blogs a los que yo quiero dar este premio son: 

  1. http://noledigasamimadrequetrabajoenbolsa.blogspot.com.es de Francisco Álvarez Molina
  2. http://joserviedma.blogspot.com.es de José Manuel Rodríguez Viedma
  3. http://mimundodeminiatura.blogspot.com.es de Esther Sánchez Díaz
  4. http://www.misrecetasanticancer.com de Odile Fernández
  5. http://tutoriasdeliesfrios.blogspot.com.es de Carmen Patricia Díaz
  6. http://verdequequieroverde.blogspot.com.es de Magdalena Vera, Carmen P. Díaz y Gonzala
  7. http://www.blocquantum.com del equipo Quantum Psicología
  8. http://www.tejiendoperu.com de Esperanza Rosas

     Son blogs en castellano (y catalán) que sigo y que dibujan un poco el abanico de intereses que tengo. 
     Muchas gracias Montse, y muchas gracias a todos y todas por seguirme.

viernes, 22 de febrero de 2013

Mindfulness y Corazón




Cuando empecé a hablar del Mindfulness en este blog, todavía esa palabra no era demasiado conocida en España. Un año y medio después cada vez más y más gente habla del Mindfulness y lo busca, lo encontramos en programas y documentales, en la radio y en la televisión. El otro día vi este documental en La Noche Temática, sobre el corazón, que también habla del Mindfulness. Como se puede ver online, os lo recomiendo: 


sábado, 9 de febrero de 2013

Obsesiones: El Tren Interminable


     Todos hemos tenido alguna vez un pensamiento que no hemos podido eliminar de nuestra cabeza. Cuanto más intentamos no pensar en él, más parece controlar nuestra mente y nuestra conciencia. De hecho, la mente no puede NO pensar en algo, no concibe el “no”. Inténtalo ahora mismo: intenta no pensar en un coche rojo, inténtalo, NO pienses en un coche rojo… NO traigas a tu mente la imagen de un coche rojo. ¿Qué ha ocurrido? Que lo primero que te aparece en tu mente es un coche rojo, lo puedes quitar, desde luego, pero si no le das a tu mente otro objetivo en el que fijarse, el coche rojo seguirá apareciendo. Traslada esto a cosas más prácticas y reales de tu vida cotidiana y tendrás dos lecciones importantes. Primera: La mente imagina lo que se verbaliza. Si te dices: “NO quiero ser una persona infeliz y desgraciada en la vida”, te vendrá, precisamente, una imagen de ti como persona infeliz y desgraciada; si, por el contrario, te dices: “quiero ser una persona feliz y plena en mi vida”, te vendrá una imagen de ti viviendo una vida plena y feliz. Y, segundo: necesitas darle a tu mente un objetivo claro, si quieres eliminar un pensamiento no deseado, que te hace sufrir, debes darle otro objetivo, no te bastará con decirte “no pienses en esto”, tienes que darle a tu mente otra cosa en la que pensar. Es lo que se hace con el Mindfulness, cuando te centras en tu respiración o en tu cuerpo, te vienen otros pensamientos y los retiras, para volver a centrarte en el objetivo en el que has decidido centrar tu conciencia. 
     La estrategia de dar a la mente otro objetivo, “distraerse”, es algo que todos utilizamos de forma espontánea. Sin embargo, no siempre va a ser tan fácil. En las personas con tendencia a la obsesión el asedio de los pensamientos no deseados puede ser una verdadera tortura, pero también en otros problemas que no se categorizan como un Trastorno Obsesivo, como son la ansiedad, la depresión, las rupturas sentimentales, la muerte de un ser querido, una equivocación terrible, el sentimiento de culpa, o algo que nos ha producido mucha rabia, la tendencia a la obsesión va a ser el factor que va a incrementar el sufrimiento y el desgaste de forma considerable. Es como si ‘la palanca de cambios de la mente’ se nos hubiera encasquillado y no pudiéramos cambiar de orientación, no pudiéramos centrarnos en otra cosa. Aunque intentemos distraernos, las imágenes y pensamientos del error cometido, de lo que tendríamos que haber dicho o hecho, de lo que nos dijeron, de lo que ocurrió, ocupan toda nuestra conciencia. Todos podemos sufrir el asedio de un pensamiento no deseado en varios momentos de nuestra vida, especialmente cuando ha habido alguna crisis o cambio al que nos cuesta adaptarnos, como una ruptura o muerte inesperada en que la persona no puede parar de pensar en el ser amado, en lo que ha ocurrido, en la incomprensión, o en el pasado perdido.
     La palabra obsesión deriva del latín obsessio, que se deriva, a su vez, de obsidere, ‘asediar’. Así, una obsesión es una idea, preocupación o deseo, que uno no puede apartar de la mente y que representa un asedio para nuestra conciencia y emociones.
En los casos en que la obsesión se convierte en un trastorno se sabe que hay varias partes del cerebro que pueden estar implicadas, no lo voy a resumir aquí, sin embargo, estos estudios son muy complejos, ya que el cerebro no es un sistema de cajitas cada una con una única función.  
     Podemos decir, eso sí, y simplificando mucho, que cuando surge un pensamiento se activa un pequeño grupo de neuronas en nuestro cerebro. Esto ocurre constantemente, y muchas veces esta activación neuronal cesa pasado un breve, incluso brevísimo, espacio de tiempo. Son pensamientos, imágenes, recuerdos, que van y vienen constantemente activándose aquí y allá en las distintas zonas de nuestro cerebro. Pero si esas neuronas, al activarse, logran “despertar” otros grupos de neuronas, otras redes neuronales, con pensamientos, recuerdos o emociones asociados, la zona activada del cerebro irá creciendo y ganando fuerza y consumiendo energía. Un pensamiento obsesivo llega, así, a activar zonas enormes del cerebro. 
    Como una imagen vale más que mil palabras, y quizá te cueste visualizar esto de los grupos de neuronas activándose, imagina que en el campo de nuestra mente, surge cada poco tiempo, una máquina de tren. La ves aparecer, y si no haces nada, la verás alejarse y alejarse, hasta desaparecer en el horizonte. Pero, si en lugar de eso decimos “¡Ah! ¡Mira! El tren de la culpa, y es que me siento culpable por lo que le he dicho a mi hijo… como aquella otra vez que tampoco me supe contener, cuando lo del supermercado… como cuando tenía 8 años y le eché a mi hermana pequeña la culpa del cristal roto… claro que mi padre sólo tenía ojos para ella, yo no existía, era claramente su favorita…  era injusto...” y le empezamos a enganchar vagones, unos con recuerdos de momentos en los que metimos la pata, de personas a las que hicimos daño, otros de personas que nos hicieron daño, otros de pensamientos, de disculpas, opiniones... otros de emociones… Y seguimos, y seguimos y seguimos enganchando vagones. La máquina del tren ha seguido avanzando y sin que nos diéramos cuenta, ya desapareció en el horizonte... pero nosotros seguimos enganchando vagones, y seguimos, y seguimos… y cuando ya no nos quedan más vagones diferentes, enganchamos los mismos vagones otra vez, y otra vez, y otra vez. Al final, como bromeaba una de mis pacientes, el tren mide más de 40000 km, ha dado varias veces la vuelta al planeta y la persona tiene delante de sí varias líneas del mismo tren de pensamiento. Del mismo “puñetero” tren. 
     Una mente controlada no tiene problemas con los pensamientos obsesivos. Pero en Occidente no nos enseñan a regular nuestra mente, no entra en el currículum escolar, y cuando se habla de ello se suele interpretar como “control”, y el control como “represión”. Así, muchas personas consideran que el control de los impulsos o de las emociones, es equivalente a la represión de los mismos. Esta confusión se evita con la palabra regulación. La persona que tiene su mente regulada no necesita ya luchar contra los pensamientos obsesivos, porque no los tiene. Tampoco necesita reprimir ni controlar las emociones negativas: odio, resentimiento, desprecio, orgullo, tristeza, miedo, angustia… porque tampoco las alberga. Lógicamente, en la vida ocurrirán cosas que le despertarán emociones, sentirá rabia, miedo, tristeza, esperanza, entusiasmo o alegría… pero las emociones negativas no se afincarán, no se convertirán —al afincarse — en un estado de ánimo negativo permanente, ni después darán lugar a un carácter negativo que defina a la persona como rencorosa, o vengativa, o depresiva, o nerviosa... 
     La práctica de la Meditación y del Mindfulness, bien realizados, son un aprendizaje para lograr —por medio de la práctica diaria y mantenida— el control de la mente y la regulación de las emociones. La forma de Meditación que utiliza la concentración en un punto, objeto, o respiración, se convierten en la primera herramienta básica, de las varias que se pueden utilizar. Los pensamientos vienen, claro que vienen, y seguirán viniendo, pero la persona, poco a poco, aprende a dejar que los pensamientos se vayan y se vuelve a centrar en el punto en el que ha decidido centrar su atención. Sin embargo, no será suficiente sólo con eso, será necesario utilizar otros ejercicios y adoptar una actitud “mindfulnes”, por decirlo así, en la vida, una actitud de estar presente en el momento presente, de estar aquí y ahora, de vivir el momento. Los programas de Mindfulness adaptados a este problema están demostrando su eficacia para superar los pensamientos obsesivos, incluso en aquellas personas con un Trastorno Obsesivo Compulsivo severo. Con mayor motivo son eficaces con las obsesiones ligadas a la ansiedad, la depresión, las rupturas, los duelos, la culpa, la rabia… Los pequeños asedios que sufre la mente en la vida cotidiana.
    ¿Quieres seguir enganchando vagones al tren de tus pensamientos? ¿O prefieres dejar de sufrir este asedio y ser tú quien controla tus pensamientos, quién decide qué quiere pensar y cuándo, quién decide cuándo parar de enganchar vagones al tren de un pensamiento que te está haciendo sufrir? Es verdad que el trabajo de regulación emocional, por medio del Mindfulness o de otra estrategia que escojas, va a exigir trabajo y dedicación. Pero el resultado es no sufrir más asedios, o que duren lo menos posible. Recuperar el equilibrio, si se pierde, cuanto antes. No perder energía en batallas contra ti mismo. En definitiva, ser más feliz. 


domingo, 27 de enero de 2013

Sobre el Amor




     En estos días pasados de fiestas, comilonas, atracones, regalos y gastos —seguramente, no tan excesivos este año como otros— el “amor” y el “te quiero” pueden haber estado en todas partes. Pero, ¿qué es eso del amor del que todo el mundo habla y nadie logra definir o apresar con palabras? ¿Es enamorarse? ¿Es el apego, el vínculo? ¿Está controlado por las hormonas y la química de nuestro cerebro? ¿Puede existir un amor que dure “para siempre” como anhelan los corazones de casi todo ser humano? Quizá la poesía ha logrado encontrar palabras más acertadas para el amor que la ciencia, y está bien que así sea, no creo que todo deba ser reducido a una sóla forma de conocer y de experimentar el mundo. 
     He aprendido mucho del AMOR en estos años que llevo vividos. Del AMOR, con letras grandes, con mayúsculas, y del amor, con letras pequeñas, con minúsculas. Yo diferenciaría entre los dos “amores”. Son diferentes... y son fáciles de confundir. Hay un anhelo, una necesidad, un impulso en todo ser humano que lo lleva a buscar ese AMOR. He aprendido mucho sobre esos dos amores en mi vida, de mis padres, con mi pareja, con mis amigos… He aprendido mucho de esos dos amores con mis pacientes y sus vivencias, el dolor de no haber sido amado, el dolor de dejar de serlo, el gozo de amar y ser amado, el amor imposible de describir hacia un hijo, el amor de esas parejas que llegan a viejos juntos, queriéndose con ternura, conociéndose, adivinándose, cuidándose mutuamente… Aprendí muchísimo del AMOR, cuando mi padre estaba enfermo y le cuidamos antes de su muerte, lo aprendí de él, que nunca decía “te quiero”, y de mi madre y mis hermanas, que sí lo dicen, y de mí misma. Gracias por esta gran oportunidad. He aprendido una barbaridad de mis padres, de mis amigas y amigos madres y padres, de mis pacientes madres y padres, especialmente de aquellos que han perdido un hijo. El dolor por la pérdida de un hijo es tan enorme, tan indescriptible, tan inimaginable, que ni siquiera tiene palabra para nombrarlo. La persona que pierde un padre se queda huérfano, el que pierde a su pareja se queda viudo, pero no hay palabra para describir el dolor de un padre que pierde un hijo. Escribí este texto sobre el AMOR para una de mis pacientes que ha perdido un hijo. Ella me dice que le he ayudado mucho. No es científico, es personal, poético, un resumen de cosas que he aprendido en mi vida, y de cosas que he leído sobre el AMOR y me han impactado. Lo pongo en el blog, después de estos días en que más de una persona habrá perdido algún ser querido, o habrá echado de menos a alguien que ya no está. Algo que nadie quiere mencionar en estas fiestas… Pero quizá alivie, aunque sea un poco, el corazón de alguien más. Con esa intención lo comparto:

     El AMOR es una energía diferente a las emociones. Las emociones van y vienen, cambian, por intensas que puedan ser en un momento, terminan disminuyendo y surgen otras. Sin embargo, el AMOR no cambia, ni disminuye, ni desaparece. Nunca se extingue. No es el deseo, no es la pasión, no es el apego, no es la dependencia emocional, tampoco es el cariño, ni es el enamoramiento, aunque a menudo lo confundimos con esas emociones, que tienen una energía que se le parece, aunque remotamente, mucho más débiles e inconstantes.  
  No se puede enseñar, no se puede aprender, no se puede comprar, no se puede generar cuando uno quiera. Surge o no surge, sin que se pueda forzar ni reprimir. Las experiencias vividas con una persona pueden facilitar que surja el AMOR, pero no lo garantiza. Cuando surge en una persona el AMOR por algo o alguien nunca se destruirá. La muerte física no tiene ningún efecto sobre el AMOR, porque no depende de la realidad física donde tenemos nuestra conciencia actual. Aunque no vuelvas a ver a la persona amada, tu AMOR hacia ella seguirá intacto. Te hace bien estar con la persona que amas, te sientes bien, más completa, pero no dejas de amarla aunque no la veas durante el resto de tu vida. 
  El tiempo, el espacio, son realidades físicas que deben ser repartidas, como el dinero o las posesiones. Necesariamente tienes que repartir tu tiempo entre las personas queridas, tienes que repartir el espacio de tu casa física entre las personas amadas que la comparten. Sin embargo, el AMOR no se reparte, no disminuye. Cuando nace un segundo hijo, no dejas de querer al primero un poco porque necesites dar parte de tu amor al segundo. Tendrás que repartir tu tiempo entre los dos, pero no tu AMOR. 
  Mientras otras emociones, incluso las positivas, pueden desbordarse y causar dificultades para poder regularlas, el AMOR nunca se desborda. Su energía no cambia, no se altera, siempre serena, siempre te llena. Brilla permanentemente. 
  Podemos mirar, a veces, hacia otro lado, atraídos o raptados por las luces de colores de otras emociones y otras vivencias. Pero cuando miramos en la dirección adecuada, la luz del AMOR seguirá brillando en nuestro interior, como siempre, para siempre. 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Bucear en las Emociones



     Cuando era pequeña mi padre me enseñó a jugar con las olas salvajes de la Playa de Liencres del Cantábrico. Nos encantaba aquella playa, que entonces no recibía casi visitas, y en la que todavía no había surfistas cabalgando las olas. Aún no habían llegado a España. Recuerdo el miedo que me daba ver llegar la ola, la tendencia natural a “recibirla” de pie, de espaldas o, si era demasiado grande, a salir corriendo hacia la orilla. Mi padre me enseñó a permanecer calmada viendo venir la ola, me enseñó que si corría hacia la orilla, la ola sería más rápida que yo, me tiraría y me arrastraría por la arena de la playa, que dejaría de ser suave y blanda, para convertirse en papel de lija, (hecho que he comprobado por lo menos un par de veces en que la ola me pilló desprevenida). También me enseñó a no quedarme de pie ante el golpe de la ola, porque me tiraría y revolcaría, y tampoco a recibirla de espaldas, pues un mal golpe en la espalda podía suponer un accidente terrible. Recuerdo muy bien cuánto me costó superar mi miedo, que a veces era terror, al ver venir la ola, y esperar al momento justo para bucearla. Este verano jugué otra vez con las olas en las Landas, en el Atlántico francés. A veces vi venir alguna, que con una altura de unos dos metros hacía que una parte de mí pensara “Dios mío, no es posible estar bien, ni siquiera debajo de ella”, pero entonces me sumergía, buceando y comprobaba, otra vez, que por fuerte que fuera el romper de la ola, debajo todo estaba tranquilo y calmado. 
     Ante las dificultades, ante los problemas, cuando la adversidad golpea, las emociones se levantan con fuerza, haciéndonos sentir un dolor emocional que se hará físico: la ansiedad dejará nuestro estómago cerrado y nos hará sentir nauseas, la tristeza nos producirá dolor en el corazón, dolor real, físico, no poético o figurado; la rabia nos hará apretar la mandíbula hasta producirnos neuralgias. La tendencia natural al ver venir esa “ola emocional”, es salir corriendo hacia la “orilla” pero, lógicamente, la ola nos alcanzará, nos tirará, nos revolcará, mientras nosotros buscamos el aire de la superficie con desesperación. Es difícil, a veces muy difícil, saber esperar la “ola emocional”, y en lugar de salir corriendo, o de paralizarnos, bucear dentro de ella, acoger la emoción, recibirla, abrazarla, y encontrar ese lugar de nuestra mente, debajo del rompiente de las olas, donde hay calma y serenidad. 
     Cuánto más estrés tenemos, cuántos mayores son los problemas y creemos que no tenemos tiempo para hacer Mindfulness, es cuándo más falta nos hace, cuándo más nos va a ayudar. Pequeños “paréntesis Mindfulness” a lo largo del día en los que acojamos y abracemos las sensaciones de nuestro cuerpo y nuestra mente, pueden ser una ayuda fundamental. No sólo es importante al comienzo o final del día, ese espacio de tiempo de quince o veinte minutos que dedicamos a meditar, sino cuando estamos en mitad de la jornada de trabajo, cuando estamos en medio del oleaje, hacer un pequeño paréntesis de tres minutos para aprender a bucear la ola. ¿Puedes hacer un hueco de tres minutos una o dos veces al día para explorar tus sensaciones corporales y emociones, para bucear la ola? ¿Puedes en mitad del oleaje dejar de correr, ver la ola venir, observarla y esperar el momento ideal para zambullirte, acogiendo todas esas emociones y energía dentro de ti? Puedes hacerlo sin necesidad de oírme, pero si necesitas un poco de ayuda, esta pequeña grabación puede serte de ayuda. Cuando tengas un poco de práctica, podrás prescindir de ella y hacerlo por tu cuenta, sin grabaciones, sólo un minuto para recibir tus sensaciones y emociones será suficiente para darte cuenta de que puedes encontrar, otra vez, esa calma debajo del oleaje salvaje. (Si no lo has practicado aún, te será quizá de más ayuda la grabación Mindfulness en las Emociones, ver la entrada: http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2012/04/mindfulness-en-las-emociones.html y en YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=6hTEyWyFLEQ&feature=plcp).

     Lo que mi padre me enseñó con las olas del Cantábrico, tardé años en poderlo realizar con soltura y decisión. ¿Aprender a bucear las “olas emocionales”? Todavía estoy haciéndolo. Quizá algún día puede venir una ola lo suficientemente grande como para causarme un miedo intenso, puede que me olvide momentáneamente de “bucear” en ella, pero espero recordarlo cuando llegue el momento. Espero que la curiosidad, que siempre he tenido, pueda más que el miedo. 
    Mientras tanto, el océano en mi vida está calmado y tranquilo. No sé cuánto durará. Sé que volverán los días de lluvia y viento, quizá de tormentas. No importa. Voy a disfrutar de esta situación mientras la tenga. La brisa es suave y no hay olas con las que jugar. Disfrutaré de este momento de descanso. 




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